lunes, 27 de agosto de 2012

De cuando la avaricia no rompe el saco, si no que lo engorda y otros cuentos de terror.


Hace varias semanas, Bilbao se despertó con la noticia de que Llorente estaba dispuesto a abandonar el Athletic pero no a cualquier precio. Desde que me enteré del intrigante suceso, me cuesta conciliar el sueño y no he vuelto a ser la que era. Ironias a parte, la noticia es cuanto menos sorprendente, no por la marcha del delantero en sí, si no por el hecho de que el muy sinvergüenza, no contento con la mísera cantidad de dinero que estaban dispuestos a embolsar por él (equiparable al sueldo mínimo español), exigió una suma de dinero que ya me gustaría ganar en un periodo de diez años: 5,5 millones de euros. Ahí es nada, chavales.

Fuera del fanatismo futbolístico que impregna nuestras vidas, que los bizkainos somos muy del Athletic, me gustaría entender el porqué de la ambición que lleva a mucha gente ya de por sí desbordada de dinero a ansiar más billetes de 500 de los que ya ganan mes a mes. Y no hablo de familias que malviven con 1000 euros o menos. Me refiero a los millonarios de turno que bien mediante exigencias, como es el caso de Fernando Llorente o bien vía estafas y chanchullos varios, véase el caso del monárquico y siempre ejemplar Iñaki Urdangarín, intentan obtener más beneficios económicos que en sí no necesitan, porque de patrimonio andan sobrados.

Analicemos pues la labor que empeña un futbolista de élite a diario. Cierto es que la vida de esos once hombres que corren tras el esférico cada fin de semana durante 90 minutos más tiempos de descuento, está plagada de constante esfuerzo físico y de una continua exposición a las cámaras. Su mérito tiene, para que negar lo evidente. Pero tampoco voy a cerrar los ojos y creer inocentemente que la barbaridad de millones de euros que ganan al año, son merecidos y que por lo tanto están en su derecho de exigir dos o tres milloncicos más. Como el niño que pide un euro más para chuches. Idem-eadem-idem. Porque sí, porque ellos lo valen. Perdona, pero NO y rotundamente NO.

No se me va la vida en el fútbol, como bien expliqué hace varios meses en este blog, pero este asunto me mina un poco la moral. Me importa bastante poco que Llorente quiera marcharse lejos de Bilbao. Es más, encuentro lógico que pocos futbolistas tengan como aspiración máxima jubilarse en el Athletic. Hay clubes que ofrecen más ceros en sus contratos y como ya sabemos todos, poderoso caballero es don dinero. La desorbitada suma de dinero que están dispuestos a pagar los equipos de fútbol es otro debate a parte.

Concluyo mi discurso diciendo que no trato de hundir en el más profundo pozo sin fondo a este jugador rubio de ojos azules de muy buen ver. No quiero que fracase en su intento de ser mejor futbolista. Pero lo que si le pido, es que por favor, su auge futbolístico no le ciegue y que su fama que va in crescendo no le nuble la vista. Que dinero en el mundo del futbol hay mucho, pero la gente de a pie no está dispuesta a ver como se juega con el dinero, que tanto nos cuesta ganar. Y más en los tiempos que corren. Menos cachondeo, por favor, que no está el horno para bollos.  

Maybe I'm not sexy, maybe I am, but I shouldn't care.


Ya no se trata de intentar cambiar el mundo. Somos esclavos de algo que se me escapa, pero que nos tiene a todos sumidos en la desgracia o bien de adelgazar o bien de aparentar lo que no somos. Y ahí, en ese photoshop de la realidad, reside la perfección según tengo entendido de la tele y demás anuncios comecocos y comevidas. El secreto pues, está en aprender a vivir en este sinsentido que nos rodea, mirando más allá de nuestras imperfecciones. Y obviamente analizándolas desde una perspectiva positiva, aceptándolas y enorgulleciéndonos de ellas, que son bien cucas a ojos de unas cuantas y cuantos, aunque nos cueste la vida aceptarlo.

Empleamos desacertadamente el término "imperfección", palabra negativa e hiriente donde las haya. Yo lo llamaría cualidad o rasgo corporal, aunque las revistas de moda no tarden en quitarme la razón. Nunca debería haberse llegado al extremo de menospreciar a una persona por la abundancia de celulitis o piel de naranja en su cuerpo o por esas caderas despampanantes, que fruto de la envidia han sido tachadas de culogordos y putasfocas. Aquí es cuando todo el mundo deberiamos entonar el "mea culpa", porque quien más y quien menos ha hecho pasar a alguien por ese mal trago, ya sea directa o indirectamente. Dariamos un paso de gigantes el día en el que “esos michelines asquerosos y antiestéticos” que rodean tu estomago y el mio sean dignos de lucir en la playa por decisión propia y porque sí, sin más explicaciones.

La superficialidad es un invento de la publicidad, fruto del canon de belleza que ofertan en los medios y que por una ley no escrita, debemos cumplir a rajatabla si no queremos ser juzgados y machacados. Dan a entender que eso es lo único que necesitamos para vivir tranquilos y crecer como personas. Y así, intentando dar con la felicidad no conocida a día de hoy por el ser humano, es como se frustra y destroza la mente de muchos seres que habitan en esta cosa confusa llamada tierra.

Y es que tan frío es nuestro querido merchandaising que nos hace creer que una existencia plena y llena de felicidad reside únicamente en escoger bien el coche que compras y en comer barritas All-bran por si nos ponemos como putas focas y luego no cabemos en el nuevo BMW que nuestro forrado marido ha comprado para fardar de monovolumen y de paso, de esposa perfecta modo delgado y sonriente a tope de power ON. No está permitido llorar y los problemas son cosas de fracasados. Sea lo que sea lo que te pase, no lo cuentes y sé feliz viviendo en esta fantástica mentira. 

Como bien dice el refrán, “para gustos los colores”. Es decir, para ti las caderas a lo Beyonce, para el vecino del quinto la escualidez de Kate Moss, para fulanita las tabletas bien definidas de Mario Casas, para menganita la barriga cervecera de Homer Simpson.Y así sucesivamente.

Sin embargo, toda esta chapa recién soltada no sirve de nada si obviamos que la pieza fundamental para afrontar con éxito estos injustos obstáculos está en nosotros mismos y en la salud mental de cada individuo. Quizá lo más duro del asunto resida en asumir la realidad, en aceptar que esta presión mediática puede con muchos de nosotros, que la situación nos desborda y que por lo tanto necesitamos ayuda y mucha. Y es que son años de constante bombardeo mental y de autoestimas minadas hasta límites insospechados. Son tiempos de todo menos de autoconfianza y satisfacción con lo que uno tiene y de lo cual no deberíamos dudar un instante, porque cada persona es un mundo y en la variedad está el gusto.


En fin, que el lastre de la superficialidad seguirá por los siglos de los siglos a flor de piel, vagando sin control y dándonos lecciones de vida (vease la ironía). Si en tiempos remotos la belleza residía en las curvas exentas de gimnasio, en el buen comer y en las pieles paliduchas, hoy en día los regímenes abusivos para obtener cuerpos libres de grasas y ansiar la llegada del verano para retar al sol en la playa y lucir un moreno que roza lo cancerígeno te ayudaran a ser lo que supuesta y porsupuestisimamente deberías ser.

 

Otro recuerdo prohibido, olvidado en el olvido.

- No hay derecho –murmuró. Y recostó la nuca en el respaldo del asiento.
- ¿A qué no hay derecho, macho?
- A esto –dijo Víctor, apuntando a los últimos edificios del pueblo-: A que hayamos dejado morir una cultura sin mover un dedo.
Rafa volvió la cabeza y le miró con unos ojos redondos, como platos;
- Tampoco es eso, joder, no te pases. El señor Cayo será un casta y todo lo que tú quieras, pero no es Einstein.
Víctor recostó de nuevo la nuca en el borde del respaldo. Habló monótonamente, sin inflexiones, sin pretender encontrar interlocutor:
- Yo veo una cosa aleteando en el cielo y sé que es un pájaro. Veo una cosa verde agarrada a la tierra y sé que es un árbol, pero no me preguntéis sus nombres –bajó la cabeza de golde y ocultó el rostro entre las manos-: Yo no sé una puñetera palabra de nada.
- Ni falta que te hace, macho.
- ¿Cómo que no me hace falta?
- ¿Para qué?
- Eso es la cultura, ¿no?
- No digas chorradas –dijo-, eso es el escenario, para exterioridad que diría el maestro –puso la yema del dedo índice en medio de la frente y añadió-: La cultura va aquí dentro.
- La vida es la cultura.
 
---------------------------------------------------------


He aquí un fragmento extraido del libro El disputado voto del señor Cayo, obra de Miguel Delibes. Nunca he compartido la afición de obligar a los alumnos a leer libros y aprovecho también para decir que llevo una temporada bastante importante sin leer uno, cosa que no me enorgullece demasiado. Sin embargo, tengo que agradecer a la profesora de historia de 2º de bachiller, quien me cedió la oportunidad de disfrutar de este libro del cual he extraído el diálogo con el que doy comienzo a este post.

Recuerdo no emprender la lectura del relato con demasiado entusiasmo, pues las pesadas clases de aquella maestra no eran muy de mi agrado y cayeron algunos cuantos dibujos en los bordes de las hojas de mis apuntes de historia fruto del aburrimiento crónico que sufría. Me predispuse pues a leer aquel libro con todas las pocas ganas del mundo y mira tú por donde que de las sabias palabras de Delibes saqué una conclusion bastante negativa en cuanto a nuestra modernisisisisisi sisisisisima sociedad por la que tanto sacamos pecho .

El disputado voto del señor Cayo es un libro más bien corto, lejos de esas letras minúsculas que te dan ganas de empezarlo a ojear si eso otro día. No quiero pecar de bocazas, pero intuyo que no es un bestseller, ni me importa. En apariencia sencillo, este libro que os recomiendo cien por cien da en el clavo con un gran problema de esta sociedad y que la gente de hoy en día se lo toma un poco a guasa, para que mentirnos.

En la contraportada nos informa de que es una novela en la que Delibes aborda un tema que es una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: el abandono del campo. Bueno, pues resulta que la profesora no me motivó con la historia, pero dio en el clavo con este montón de hojas llenas de sabiduría popular.

He recordado estas sabias palabras mientras paseaba ayer por la mañana con mi aita por los alrededores de mi ahora no tan pueblo, que se muestra grandioso, rodeado de papeleras y fundiciones varias.  Estas frases inundan mi mente cada vez que miro el paisaje y acepto que solo sé diferenciar entre vaca-caballo, caserio-chalet, árbol-flor y demás obviedades que me hacen quedar como la rubia teñida que soy.

Sin embargo, mi padre señala un árbol, convencido de que es un roble, mira fijamente a un pájaro diciéndome que la “amatxu siempre dice que por aquí no hay golondrinas. Pues dile que hoy hemos visto unas cuantas” y agrega finalmente que “los abedules son fáciles de reconocer porque tienen un tronco blanquecino”. Yo tiendo a asentir o a callar para siempre. No me queda mucho más por hacer, porque en definitiva, no tengo nada interesante que añadir. NUNCA. Digamos que soy una analfabeta de la naturaleza, si bien me enorgullezco de estar acabando una carrera, la cual impregnará mi expediente y/o curriculum vitae de innegable prestigio. Fíjese usted que nivel, Maribel.

Siguiendo la línea de Delibes, quiero interiorizar sus palabras y criticar a esta sociedad que da bestial importancia a las nuevas tecnologías y deja plantadas las viejas tradiciones como si nada hubiesen supuesto para nuestra evolución. No me excluyo de esta culpa, ya que formo parte de toda esta parafernalia cool y desarrollada a más no poder.

El dialogo de arriba, muestra las dos caras de nuestra sociedad. Por una parte, aparece el individuo que conoce todas y cada una de las especies de arboles, al cual se le toma por alguien raro, con fijaciones inútiles e inservibles, poco moderno, anticuado, adjetivos negativos varios. El otro personaje, el pasota, el supuestamente sabelotodo de la vida, es el que menos debe fardar, pero el que mas se ríe del supuesto analfabetismo que le rodea, mientras que ojea su iPhone pasando de la plebe que le cuenta chorradas de la naturaleza. Paleto de pueblo, debe pensar para sus adentros. Risas.

Este segundo individuo, el superdotado de la nuevas tecnologias y el ignorante de lo absurdo, de lo que siempre ha estado y debe estar con nosotros, la naturaleza, eres tú y soy yo. Nos reímos de nuestros mayores por no saber usar un ordenador y “el yutubes ese”. Pues lo mismo pasa con nosotros, los jóvenes, pero a la inversa. Pasamos de conocer nuestro entorno más cercano. Lo peor, es que aunque sea, nuestros padres y abuelos se muestran interesados por las nuevas tecnologías y hasta les entra el gusanillo de manejar el ratón, buscar en google... Punto para ellos. Y es que nosotros “no tenemos el tiempo suficiente” (espera que me ria bajito) para enseñarles, porque mira que son lentos y pesados con el tema... Pues bien, lo que a mi aita le parece obvio (véase el nombre de un árbol y sus características), a mí me resulta misión imposible, al fin y al cabo todos tienen hojas verdes que se tornan marrones a la llegada del otoño. Y hasta ahí puedo leer.

Por lo tanto, os ruego, seamos responsables e intentar aprender, pero sobre todo, interesarnos por aquello que nos pilla cerca. Solo hay que escuchar “las tonterías” de los que más saben, que poco o nada sabrán de las novedades del Whatsapp o Twitter, pero de la vida, de la cultura que nos salpica, entienden un rato. Y no hablo de Pitbull y sus conocidas canciones, ya tu sabe. 

P.D: La idea que da título a esta entrada es una frase sacada de la canción del gran Andrés Calamaro, Por no olvidar. Si bien es cierto que a priori el single trata de amores y desamores y no aborda el tema que hoy me incumbe, ciertas palabras del argentino reflejan a la perfección mi sentir en cuanto al desastre intelectual al que estamos llegando, negando y descojonandonos de la sabiduría de nuestros no tan mayores. Aquí os dejo el enlace de dicha canción, que espero escucheis con atención.

http://www.youtube.com/watch?v=M7NITW0wUbk