lunes, 27 de agosto de 2012

Otro recuerdo prohibido, olvidado en el olvido.

- No hay derecho –murmuró. Y recostó la nuca en el respaldo del asiento.
- ¿A qué no hay derecho, macho?
- A esto –dijo Víctor, apuntando a los últimos edificios del pueblo-: A que hayamos dejado morir una cultura sin mover un dedo.
Rafa volvió la cabeza y le miró con unos ojos redondos, como platos;
- Tampoco es eso, joder, no te pases. El señor Cayo será un casta y todo lo que tú quieras, pero no es Einstein.
Víctor recostó de nuevo la nuca en el borde del respaldo. Habló monótonamente, sin inflexiones, sin pretender encontrar interlocutor:
- Yo veo una cosa aleteando en el cielo y sé que es un pájaro. Veo una cosa verde agarrada a la tierra y sé que es un árbol, pero no me preguntéis sus nombres –bajó la cabeza de golde y ocultó el rostro entre las manos-: Yo no sé una puñetera palabra de nada.
- Ni falta que te hace, macho.
- ¿Cómo que no me hace falta?
- ¿Para qué?
- Eso es la cultura, ¿no?
- No digas chorradas –dijo-, eso es el escenario, para exterioridad que diría el maestro –puso la yema del dedo índice en medio de la frente y añadió-: La cultura va aquí dentro.
- La vida es la cultura.
 
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He aquí un fragmento extraido del libro El disputado voto del señor Cayo, obra de Miguel Delibes. Nunca he compartido la afición de obligar a los alumnos a leer libros y aprovecho también para decir que llevo una temporada bastante importante sin leer uno, cosa que no me enorgullece demasiado. Sin embargo, tengo que agradecer a la profesora de historia de 2º de bachiller, quien me cedió la oportunidad de disfrutar de este libro del cual he extraído el diálogo con el que doy comienzo a este post.

Recuerdo no emprender la lectura del relato con demasiado entusiasmo, pues las pesadas clases de aquella maestra no eran muy de mi agrado y cayeron algunos cuantos dibujos en los bordes de las hojas de mis apuntes de historia fruto del aburrimiento crónico que sufría. Me predispuse pues a leer aquel libro con todas las pocas ganas del mundo y mira tú por donde que de las sabias palabras de Delibes saqué una conclusion bastante negativa en cuanto a nuestra modernisisisisisi sisisisisima sociedad por la que tanto sacamos pecho .

El disputado voto del señor Cayo es un libro más bien corto, lejos de esas letras minúsculas que te dan ganas de empezarlo a ojear si eso otro día. No quiero pecar de bocazas, pero intuyo que no es un bestseller, ni me importa. En apariencia sencillo, este libro que os recomiendo cien por cien da en el clavo con un gran problema de esta sociedad y que la gente de hoy en día se lo toma un poco a guasa, para que mentirnos.

En la contraportada nos informa de que es una novela en la que Delibes aborda un tema que es una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: el abandono del campo. Bueno, pues resulta que la profesora no me motivó con la historia, pero dio en el clavo con este montón de hojas llenas de sabiduría popular.

He recordado estas sabias palabras mientras paseaba ayer por la mañana con mi aita por los alrededores de mi ahora no tan pueblo, que se muestra grandioso, rodeado de papeleras y fundiciones varias.  Estas frases inundan mi mente cada vez que miro el paisaje y acepto que solo sé diferenciar entre vaca-caballo, caserio-chalet, árbol-flor y demás obviedades que me hacen quedar como la rubia teñida que soy.

Sin embargo, mi padre señala un árbol, convencido de que es un roble, mira fijamente a un pájaro diciéndome que la “amatxu siempre dice que por aquí no hay golondrinas. Pues dile que hoy hemos visto unas cuantas” y agrega finalmente que “los abedules son fáciles de reconocer porque tienen un tronco blanquecino”. Yo tiendo a asentir o a callar para siempre. No me queda mucho más por hacer, porque en definitiva, no tengo nada interesante que añadir. NUNCA. Digamos que soy una analfabeta de la naturaleza, si bien me enorgullezco de estar acabando una carrera, la cual impregnará mi expediente y/o curriculum vitae de innegable prestigio. Fíjese usted que nivel, Maribel.

Siguiendo la línea de Delibes, quiero interiorizar sus palabras y criticar a esta sociedad que da bestial importancia a las nuevas tecnologías y deja plantadas las viejas tradiciones como si nada hubiesen supuesto para nuestra evolución. No me excluyo de esta culpa, ya que formo parte de toda esta parafernalia cool y desarrollada a más no poder.

El dialogo de arriba, muestra las dos caras de nuestra sociedad. Por una parte, aparece el individuo que conoce todas y cada una de las especies de arboles, al cual se le toma por alguien raro, con fijaciones inútiles e inservibles, poco moderno, anticuado, adjetivos negativos varios. El otro personaje, el pasota, el supuestamente sabelotodo de la vida, es el que menos debe fardar, pero el que mas se ríe del supuesto analfabetismo que le rodea, mientras que ojea su iPhone pasando de la plebe que le cuenta chorradas de la naturaleza. Paleto de pueblo, debe pensar para sus adentros. Risas.

Este segundo individuo, el superdotado de la nuevas tecnologias y el ignorante de lo absurdo, de lo que siempre ha estado y debe estar con nosotros, la naturaleza, eres tú y soy yo. Nos reímos de nuestros mayores por no saber usar un ordenador y “el yutubes ese”. Pues lo mismo pasa con nosotros, los jóvenes, pero a la inversa. Pasamos de conocer nuestro entorno más cercano. Lo peor, es que aunque sea, nuestros padres y abuelos se muestran interesados por las nuevas tecnologías y hasta les entra el gusanillo de manejar el ratón, buscar en google... Punto para ellos. Y es que nosotros “no tenemos el tiempo suficiente” (espera que me ria bajito) para enseñarles, porque mira que son lentos y pesados con el tema... Pues bien, lo que a mi aita le parece obvio (véase el nombre de un árbol y sus características), a mí me resulta misión imposible, al fin y al cabo todos tienen hojas verdes que se tornan marrones a la llegada del otoño. Y hasta ahí puedo leer.

Por lo tanto, os ruego, seamos responsables e intentar aprender, pero sobre todo, interesarnos por aquello que nos pilla cerca. Solo hay que escuchar “las tonterías” de los que más saben, que poco o nada sabrán de las novedades del Whatsapp o Twitter, pero de la vida, de la cultura que nos salpica, entienden un rato. Y no hablo de Pitbull y sus conocidas canciones, ya tu sabe. 

P.D: La idea que da título a esta entrada es una frase sacada de la canción del gran Andrés Calamaro, Por no olvidar. Si bien es cierto que a priori el single trata de amores y desamores y no aborda el tema que hoy me incumbe, ciertas palabras del argentino reflejan a la perfección mi sentir en cuanto al desastre intelectual al que estamos llegando, negando y descojonandonos de la sabiduría de nuestros no tan mayores. Aquí os dejo el enlace de dicha canción, que espero escucheis con atención.

http://www.youtube.com/watch?v=M7NITW0wUbk

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