Sin rodeos: soy
bastante asidua a la cita de las 12:40 del mediodía con el programa Mujeres y Hombres y Viceversa, aunque los
domingos veo Salvados para compensar
y sentirme realizada.
Aliviado el cargo de
conciencia tras confesar uno de mis pecados capitales, el siguiente paso es
plantearme a qué se debe tal analfabetismo televisivo en una mujer de bien como
yo, que observa como el dequeísmo desbanca al mismísimo Cervantes en ese hervidero
de confidencias amorosas y líos discotequeros. La crisis inmobiliaria parece
suavizarse con el “Ai se eu te pego” de Michel Teló, que lo puedes encontrar en
el tercer CD recopilatorio que Emma Garcia te vende con todo el arte que tiene
de descojonarse hasta del cámara. Y a mí me cae muy bien la chica, sin ironías,
que estoy siendo sincera por encima de mis posibilidades, síntoma de la crisis
ética y moral que me inculcan desde la Alemania de Merkel.
Vamos a obviar el
detalle de que este pseudo-reality en sí es una pantomima y que ahí se busca de
todo menos una pareja estable para después comer perdices. Como bien entona Macaco,
algunos con el amor calculan interés, y
si lo rompen calculan otra vez. Pero si hay algo que me llama la atención de
los viceversos, no es el afán de
embolsarse cantidades desorbitadas de dinero para asociaciones benéficas tales como
Corporación Dermoestética. Poco o nada me importa que finjan sentirse atraídas
por un tronista cachas pro-anabolizantes que ha conseguido la fama de la noche
a la mañana en distintos pubs de la península. Lo que me resulta intrigante es
el uso incorrecto que estos individuos hacen del concepto “valores”, distorsionando el significado del término y provocando su mal uso. Y se quedan tan anchos, porque la culpa de todo lo tienen los
recortes en educación, asín te lo digo.
La cuestión es que ni
yo misma sé lo que este concepto representa a ciencia cierta. Es lo
que tienen las palabras ambiguas, subjetivas y difíciles de definir. Por lo
tanto, es lógico que ni los propios participantes de Mujeres y Hombres se
aclaren, más teniendo en cuenta que en este programa las neuronas se esconden
en una tercera dimensión, presas de la vergüenza ajena, como ya pasa con las
horquillas, los pendientes y demás parafernalia femenina. Y es que, ¿qué podemos esperar de unos valores que ya ni se cotizan en bolsa?

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